Ahora que por jubilación he dejado de ser tendero de comestibles, voy a escribir sobre un tema que desgraciadamente sólo ha desaparecido en parte, y digo en parte porque el engaño en el comercio nunca cesará.
Cuando no engaña el detallista, engaña el fabricante, y aunque cada vez es más raro, lo cierto es, que cuando nos enteramos de alguno, los timados se cuentan por miles. Recordemos los aceites adulterados, o los productos de limpieza que para no subirlos de precio cada vez los envasan en envases más pequeños, o la densidad de los líquidos es menor por llevar más agua, o los sablazos de que somos objeto por parte de los técnicos de los electrodomésticos, o por los reparadores de los automóviles y demás servicios a domicilio que necesitamos.

Pero como todo eso está presente en la mente de cualquier persona, yo quiero referirme a los tiempos vividos por nuestros antepasados, que no fueron otros que una continuada vida llena de escasez y penuria en la que para vivir había que tener los ojos muy abiertos para no ser victimas de los muchos pillos, golfos, truhanes y gente de mal vivir, que deambulaban por las ciudades y el campo al acecho del incauto. De esa caterva de marrulleros tampoco se escapaban los tenderos y comerciantes, tanto que el pueblo usaba un viejo refrán que decía así: “¿Quién vive? Y contestaban: Quién pesa y mide”.
El porqué de ese refrán viene dado a que estos negociantes miraban de meter la uñas por donde podían, bien para ganar más o para resarcirse de otros timos del que ellos hubiesen sido víctimas, pues la estafa y engaño era un continua cadena. Y como prueba de lo que digo a continuación voy a escribir todos aquellos pequeños timos de los que he tenido noticia.
De los comerciantes de tejidos es de sobra conocido que a la hora de medir las telas corrían los dedos hábilmente para mirar de sisar un trozo. También se decía de ellos que cuando alguien se probaba una prenda y no le estaba bien, el dependiente solía decir, si les estaba corta, que aquel tejido estiraba y si le estaba larga le aseguraban que encogía.
Un gremio muy perseguido por la autoridad era el de los lecheros, pues si ordeñaban directamente en el cacharro miraban de hacerlo con fuerza para que hiciera mucha espuma y no se viera por dónde iba el nivel, y si era echado de la cántara no conformes con haberla “bautizado”, procuraban poner la medida un poco torcida para echar algo menos.
La expresión “bautizar la leche” se empleaba para decir que le echaban agua y a tanto llegó el abuso que los municipales llevaban una cartera con unos pequeños recipientes para tomarles muestras para analizarlas después en el laboratorio municipal. Y si allí se comprobaba que la leche llevaba agua, la autoridad le imponía multas según el porcentaje de agua que llevara. Por ese modo se llegó a saber que algunos lecheros añadían a su producto hasta un veinticinco por ciento de agua. Referente a estas inspecciones sé de un joven vendedor que al pasar por el Paseo del Mercado fue llamado por los guardias para tomarle una muestra, pero él salió corriendo y como los guardias le perseguían, el chaval prefirió vaciar la cantara en el suelo antes que los guardias le tomaran la muestra. ¿Por qué sería?
Los panaderos también eran constantemente vigilados por la autoridad para evitar el engaño, pues o pesaban con una pesa trucada o cocían menos el pan para que no les faltara peso. Y como era muy frecuente dar pan a crédito a los clientes, los vendedores más desaprensivos solían poner algunos céntimos de más en las cuentas de los clientes. Por eso los clientes más avispados solían llevar una caña que partían a lo largo y cada vez que se llevaban algún pan, juntaban las dos mitades y les hacían una mueca quedándose el panadero una y el cliente se llevaba la otra, así no había posibilidad de poner de más.
Sobre el tema de apuntar o dar género al público para cuando pudiese pagarlo se decía el siguiente chiste: Un tendero le pregunta a su empleado:
-¿Nene has “apuntao” a esa clienta lo que se ha “llevao”?
–Sí señor.
-Pues apúntalo otra vez que yo te vea, que no me fío de ti”.
Las tabernas y puestos de vino eran otros negocios en los que para aumentar las ganancias solían bautizar al vino y al vinagre.
Los carboneros y vendedores de legumbres también solían trucar las medidas llamadas celemín, medio celemín y cuartillo metiéndole en el fondo otra madera.
Juan Gabriel Barranco Delgado
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